Uno de los elementos más inusuales del trabajo de Carl Wickland —y uno de los que más preguntas genera entre quienes lo encuentran por primera vez— es su uso de una máquina de Wimshurst en las sesiones de liberación espiritual.
La máquina de Wimshurst es un generador electrostático inventado en 1880 por James Wimshurst. Produce descargas de electricidad estática de alta tensión pero muy bajo amperaje —suficientes para ser sentidas y potencialmente dolorosas, pero no suficientes para causar daño significativo con un uso controlado.
Wickland usaba versiones modificadas de estos aparatos en dosis que describe como “corriente de potencia baja” — descargas que el paciente podía sentir pero que no representaban riesgo médico. Y los usaba para un propósito específico: perturbar el campo de influencia de la entidad adherida al paciente y obligarla a abandonarlo.
La lógica detrás del método
La teoría de Wickland sobre la naturaleza de la adhesión espiritual postulaba que los espíritus adheridos se conectaban al cuerpo del vivo a través de lo que denominaba “el cuerpo etérico” —una envoltura sutil alrededor del cuerpo físico que los espíritus podían percibir y a la que podían conectarse.
Las descargas eléctricas, según su teoría, perturbaban este cuerpo etérico de una manera que el espíritu adherido encontraba intolerable. Ante esa perturbación, el espíritu abandonaba al paciente y buscaba otro cuerpo más cómodo —el de Anna, que estaba en trance y disponible para recibirlo.
Esta transferencia era el momento clave: el espíritu que había estado operando en las sombras de la psique del paciente se encontraba ahora en un cuerpo diferente, con una conciencia diferente, y podía ser interrogado directamente por Carl.
El proceso de una sesión
Una sesión típica documentada por Wickland seguía esta secuencia:
Preparación. Anna entraba en estado de trance con la asistencia de un pequeño grupo de “control” —personas de confianza que ayudaban a mantener las condiciones energéticas de la sesión. El paciente se sentaba a distancia, habitualmente sin saber exactamente lo que estaba por ocurrir.
La descarga. Carl aplicaba las descargas eléctricas al paciente, generalmente en los hombros o la espalda. Observaba los cambios en el comportamiento tanto del paciente como de Anna, buscando señales de que la transferencia había ocurrido.
El diálogo. Una vez que Anna comenzaba a mostrar signos de una personalidad diferente a la suya —cambios en la voz, en el lenguaje, en la postura— Carl comenzaba a interrogar a la entidad. Las primeras preguntas eran siempre las mismas: ¿Quién eres? ¿Qué año crees que es? ¿Sabes dónde estás?
La orientación. Las respuestas típicas revelaban una entidad que estaba fuera de sincronía temporal —que creía que era una fecha diferente, que buscaba a personas que habían muerto mucho antes— y Wickland usaba esa información para orientarla: le explicaba que había muerto, que el tiempo había pasado, que la persona que buscaba ya estaba en el plano espiritual esperándola.
La liberación. Si la sesión era exitosa, la entidad comprendía su situación y aceptaba avanzar. Carl observaba luego la evolución del paciente, documentando si los síntomas que habían motivado el tratamiento remitían.
Las críticas al método
Las críticas al método de Wickland son múltiples y algunas son muy sólidas. No hay forma de replicar el protocolo sin un médium de la capacidad de Anna. Los efectos que Wickland atribuía a las descargas eléctricas podrían explicarse de otras formas — sugestionabilidad del paciente, expectativas del terapeuta, remisión natural de síntomas que habrían remitido de todos modos.
Wickland mismo reconocía que no todos los casos respondían al tratamiento. Documentaba tanto los éxitos como las situaciones donde el método no había producido los resultados esperados —una honestidad que es, paradójicamente, uno de los argumentos más fuertes a favor de la seriedad de su trabajo.
La herencia metodológica
Lo que la práctica moderna de la Terapia de Liberación Espiritual conserva del trabajo de Wickland no es la máquina de Wimshurst —ese elemento específico quedó en el siglo XX— sino los principios que la fundamentaban:
- El diálogo compasivo con la entidad como herramienta principal de liberación.
- La orientación de la entidad sobre su situación como paso necesario antes de cualquier liberación.
- La distinción entre entidades confundidas (que no saben que están muertas o no saben cómo avanzar) y entidades que resisten conscientemente el proceso.
- La observación clínica del paciente como medida de efectividad del trabajo.
Esos principios, formulados por Wickland hace un siglo, siguen siendo el núcleo de la práctica contemporánea.