En 1924, cuando el psiquiatra Carl A. Wickland publicó Thirty Years Among the Dead, la psiquiatría estaba en plena efervescencia posfreudiana. Nadie esperaba que un médico con credenciales reales propusiera que la esquizofrenia, la depresión severa y los trastornos de personalidad eran, en muchos casos, el resultado de espíritus de personas fallecidas que se habían adherido involuntariamente a los vivos.
Wickland no era un charlatán ni un visionario new age. Era un psiquiatra formado, un clínico que vio miles de pacientes en décadas de práctica, y un hombre que decidió seguir las evidencias donde lo llevaban — aunque esas evidencias lo alejaran de todo lo que su formación convencional le había enseñado.
Los orígenes
Carl August Wickland nació en Suecia el 14 de febrero de 1861. Emigró a los Estados Unidos y se formó como médico y psiquiatra. Ejerció en Chicago durante los primeros años de su carrera, donde su práctica convencional fue trasformándose gradualmente a medida que sus pacientes le mostraban fenómenos que no podía explicar dentro del marco de la psiquiatría de su época.
La transformación decisiva llegó cuando su esposa, Anna, comenzó a manifestar capacidades mediúmnicas. Lo que para muchos habría sido motivo de alarma o negación fue para Wickland el inicio de tres décadas de investigación que cambiarían completamente su comprensión de la mente y la enfermedad.
El traslado a Los Ángeles
En 1918, Wickland y Anna se trasladaron a Los Ángeles, donde fundaron el National Psychological Institute. Era un espacio inusual: un centro de tratamiento psiquiátrico donde los métodos convencionales y los métodos espiritualistas coexistían bajo el mismo techo, dirigidos hacia el mismo objetivo — aliviar el sufrimiento de los pacientes.
La ciudad y la época eran el contexto adecuado: Los Ángeles de principios del siglo XX era un lugar donde las corrientes espiritualistas tenían una presencia pública significativa, y donde un médico con credenciales podía trabajar en los márgenes del pensamiento establecido sin destruir completamente su reputación.
La hipótesis central
La teoría de Wickland era directa y radical: una proporción significativa de los pacientes que llegaban a su consulta con diagnósticos de psicosis, depresión, adicciones o comportamientos compulsivos inexplicables estaban influenciados — “obsesionados”, en su terminología— por espíritus de personas fallecidas que no habían comprendido su propia muerte.
Estos espíritus, confundidos sobre su situación, gravitaban hacia los vivos y se adherían a ellos, influyendo en sus pensamientos, emociones y comportamientos desde fuera de la conciencia del huésped. El paciente experimentaba los pensamientos y emociones del espíritu como propios, sin saber que tenían un origen externo.
Para Wickland, la solución no era suprimir estos “síntomas” con medicación sino comunicarse con el espíritu adherido, explicarle su situación y guiarlo hacia el plano siguiente. Y para hacer eso necesitaba a alguien capaz de comunicarse con esas entidades.
Necesitaba a Anna.
El legado metodológico
Lo que distingue a Wickland de los innumerables espiritualistas de su época es la sistematicidad de su documentación. Thirty Years Among the Dead no es un libro de anécdotas: es un registro meticuloso de cientos de sesiones, con los diálogos transcritos, los diagnósticos previos de los pacientes, y los resultados clínicos observados después del trabajo.
Esa documentación es imperfecta desde los estándares actuales — no hay grupos de control, los criterios de diagnóstico eran diferentes, y la verificación independiente es imposible. Pero como archivo histórico de un método de trabajo, no tiene igual en la literatura del campo.
El trabajo de Wickland fue la semilla de lo que hoy se conoce como Terapia de Liberación Espiritual, y su nombre aparece en la genealogía de todo practicante serio del campo.