En el campo de la investigación sobre la reencarnación, hay una figura que ocupa una posición completamente diferente al resto: Ian Stevenson. No era hipnoterapeuta. No trabajaba con regresión. No tenía una filosofía espiritual que promover. Era un psiquiatra académico en la Universidad de Virginia que, durante cuarenta años, aplicó metodología científica rigurosa al estudio de niños que recordaban espontáneamente vidas anteriores.

Su trabajo es la evidencia más sólida y más difícil de descartar que existe sobre la posibilidad de la reencarnación.

Formación y carrera académica

Ian Pretyman Stevenson nació el 31 de octubre de 1918 en Montreal, Canadá. Estudió medicina y se especializó en psiquiatría. En 1957 se convirtió en jefe del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Virginia, y desde 1967 hasta 2001 fue el Carlson Professor of Psychiatry en esa institución —una de las cátedras más prestigiosas de la psiquiatría académica americana.

Stevenson publicó extensamente sobre psiquiatría convencional antes de dedicar la parte principal de su carrera a la investigación sobre la reencarnación. Esta trayectoria previa es importante: su credencial como psiquiatra académico serio no estaba en cuestión cuando comenzó su trabajo de investigación sobre niños con recuerdos de vidas pasadas.

El punto de partida: un caso en 1960

El interés de Stevenson en los fenómenos relacionados con la supervivencia de la conciencia tras la muerte comenzó a principios de los años 60. En 1960 publicó un artículo en el Journal of the American Society for Psychical Research que revisaba los casos publicados hasta entonces de niños con recuerdos de vidas pasadas. Ese artículo ganó un premio y, más importante, recibió correspondencia de personas en todo el mundo que le reportaban casos similares.

Stevenson decidió investigarlos directamente. Viajó a India, Sri Lanka, Turquía, Líbano, Birmania y otros países donde la creencia en la reencarnación facilitaba que los niños pudieran expresar sus recuerdos sin ser silenciados por sus familias.

La metodología: rigor y cautela

Lo que hace el trabajo de Stevenson significativo desde una perspectiva científica es la metodología. No aceptaba relatos de segunda mano. Viajaba personalmente a los lugares donde se reportaba cada caso. Entrevistaba al niño, a sus padres, a los testigos de sus declaraciones espontáneas. Luego intentaba identificar la persona fallecida que el niño describía e investigar si los detalles específicos que el niño había proporcionado —nombres, lugares, circunstancias de la muerte, relaciones familiares— coincidían con los registros de esa persona real.

En los casos más sólidos, los detalles verificables que el niño proporcionaba antes de que nadie de su familia hubiera investigado la identidad que describía eran notables: nombres de personas que la familia fallecida reconocía, detalles de la muerte que solo conocían allegados, descripción de objetos o lugares que el niño no podía haber visto.

Más de 3.000 casos en cuarenta años

A lo largo de cuarenta años de investigación, Stevenson documentó más de 3.000 casos de lo que llamó “casos del tipo de la reencarnación” —CORT, por sus siglas en inglés. Su obra principal, Veinte Casos Sugestivos de Reencarnación (1966), fue seguida por volúmenes adicionales, incluyendo la monumental Reincarnation and Biology (1997), un trabajo de dos volúmenes que examinaba 225 casos donde las marcas de nacimiento o deformidades congénitas del niño correspondían con heridas letales de la persona cuya vida el niño recordaba.

Esa conexión entre marcas físicas y recuerdos de muertes violentas en otra vida es, para Stevenson, el elemento más difícil de explicar desde cualquier marco alternativo a la reencarnación.

Una figura incómoda para el establishment científico

Stevenson era demasiado riguroso para ser descartado y demasiado heterodoxo para ser asimilado fácilmente. Sus colegas en Virginia lo respetaban como investigador, aunque muchos mantenían distancia de sus conclusiones. Las publicaciones académicas convencionales raramente aceptaban sus trabajos —los publicaba principalmente en el Journal of the American Society for Psychical Research y en sus propios volúmenes.

Murió el 8 de febrero de 2007 en Charlottesville, Virginia, dejando un legado de investigación que ningún crítico serio ha podido refutar completamente —y que ningún defensor del mainstream científico se ha tomado el trabajo de replicar con el mismo rigor metodológico.

Esa situación de incomodidad mutua probablemente continuará.

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